Era de noche en Jerusalén. El aire, cargado con el incienso de los sacrificios y las plegarias, se deslizaba entre las calles estrechas del Templo. A poca distancia, un grupo de hombres compartía el pan y el vino en una casa humilde. Entre ellos, dos figuras se miraban con intensidad: Jesús de Nazaret y Judas Iscariote.
Uno de ellos, cegado por la avaricia, aceptó treinta monedas de plata a cambio de entregar a su maestro a las autoridades.
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