Hay esculturas que impresionan por su tamaño. Otras, por la belleza de sus figuras. Y después está El Desengaño, una obra que produce una reacción mucho más difícil de explicar: cuesta creer que aquello que estamos mirando sea realmente mármol.

Francesco Queirolo terminó esta escultura en 1753-1754 para la Cappella Sansevero de Nápoles.

La obra fue encargada por Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, para honrar la memoria de su padre, Antonio, duque de Torremaggiore. A primera vista parece una escena sencilla: un hombre intenta liberarse de una red mientras una pequeña figura alada lo ayuda.

Pero nada en esta escultura es lo que parece. La red no es una red. El hombre no está simplemente atrapado. Y la pequeña figura que lo ayuda tampoco es un simple ángel. Todo forma parte de una alegoría mucho más compleja sobre el pecado, el conocimiento, las pasiones y la liberación.

Una historia de pecado y arrepentimiento

Para comprender El Desengaño hay que comenzar por el hombre representado en ella. Antonio di Sangro, duque de Torremaggiore, era el padre de Raimondo di Sangro. Después de la muerte prematura de su esposa llevó, según la propia Cappella Sansevero, una vida aventurera y desordenada. Dejó a su hijo al cuidado de su abuelo Paolo y pasó buena parte de su vida viajando por Europa. La inscripción relacionada con el monumento lo presenta como alguien sometido a las "pasiones de la juventud".

Pero la historia no termina ahí. En su vejez, cansado y arrepentido de los errores cometidos, Antonio regresó a Nápoles. Allí pasó sus últimos años dedicado a la vida sacerdotal. Ese recorrido biográfico es fundamental para comprender el significado de la escultura, porque El Desengaño no representa simplemente a un hombre que consigue escapar de una prisión. Representa a un hombre que comprende que estaba atrapado. Y esa diferencia explica incluso el nombre de la obra: el desengaño no es solamente descubrir que algo era falso, sino alcanzar un conocimiento que permite abandonar un error anterior.

Raimondo convirtió la vida de su padre en una especie de advertencia moral: un ejemplo de esa fragilidad humana en la que, según la dedicatoria, las grandes virtudes pueden convivir con los vicios. La escultura es, por tanto, al mismo tiempo un monumento familiar y una alegoría moral.

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La red que atrapa y el intelecto que libera

Lo primero que atrapa la mirada es, naturalmente, la red. Está alrededor del cuerpo del hombre, pero lo verdaderamente extraordinario es que esa red también está hecha de mármol. Aquí la técnica y el significado se vuelven inseparables: el Museo Cappella Sansevero identifica explícitamente la red con el pecado. La elección de una red es especialmente eficaz porque no representa una prisión convencional. No hay barrotes, ni muros, ni cadenas gruesas. La prisión está formada por algo mucho más sutil, algo que puede parecer ligero y casi inofensivo, pero que una vez alrededor del cuerpo impide moverse. La alegoría funciona precisamente por esa contradicción, y en la escultura esa idea se transforma en materia: Queirolo consiguió que el mármol pareciera cuerda, hilo y tejido.

El resultado es tan convincente que durante siglos esta red fue considerada una demostración extrema de virtuosismo escultórico. Giangiuseppe Origlia, en su Istoria dello Studio di Napoli, la describió como la prueba más difícil a la que podía aspirar la escultura en mármol. Existe además una historia muy repetida alrededor de su acabado: según la tradición recogida por el propio museo, los artesanos encargados del pulido habrían tenido miedo de tocar la delicadísima red por temor a romperla, y Queirolo habría terminado personalmente el trabajo con piedra pómez. Es una historia fascinante, pero conviene llamarla por su nombre: una tradición. El museo la presenta como algo que "se cuenta", no como un hecho documental demostrado, y esa diferencia importa.

Sobre el hombre aparece una figura mucho más pequeña: un espíritu alado cuya frente lleva una diminuta llama. A menudo se lo describe simplemente como un ángel, pero la propia Cappella Sansevero lo identifica como un genio o espíritu alado, y ese detalle cambia la lectura. La pequeña llama de su frente representa el intelecto humano, el conocimiento, la capacidad de comprender. La figura no llega para destruir la red desde fuera: ayuda al hombre a liberarse. Es decir, la liberación depende también de que el propio hombre llegue a comprender aquello que lo mantiene atrapado. Primero existe la esclavitud a las pasiones, después aparece el conocimiento, y finalmente llega la posibilidad de liberarse. La posición del pequeño espíritu refuerza esta idea: mientras ayuda al hombre con la red, señala hacia abajo, hacia el mundo.

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El globo y el libro: las pasiones y la revelación

A los pies de las figuras aparece un globo terráqueo, que el Museo Cappella Sansevero interpreta como símbolo de las pasiones mundanas. No es un elemento decorativo colocado simplemente para llenar el espacio: forma parte de la lógica de la alegoría. El hombre está atrapado en la red y, al mismo tiempo, se encuentra sobre aquello que simboliza el mundo y sus tentaciones. La dirección del gesto del espíritu alado conecta ambas cosas: el intelecto señala aquello de lo que el hombre debe apartarse, y la liberación implica dejar atrás la dependencia de las pasiones mundanas. Es una estructura simbólica muy clara: pasiones, esclavitud, conocimiento, liberación.

Pero todavía falta una pieza, quizá la más importante. Sobre el globo descansa un libro abierto que, según la identificación oficial del Museo Cappella Sansevero, es la Biblia. Su presencia introduce una nueva dimensión: hasta ese momento hemos visto al hombre, la red, el intelecto y el mundo; ahora aparece la palabra, la enseñanza, la revelación. La Biblia no está colocada en cualquier lugar: descansa sobre el globo que representa las pasiones mundanas, y la lectura simbólica es poderosa. Por encima del mundo está el conocimiento que permite superarlo. El libro tiene además otra dimensión dentro del particular universo intelectual de Raimondo di Sangro: el museo señala que la Biblia era también una de las tres llamadas "grandes luces" de la Masonería, y aquí comenzamos a entrar en uno de los aspectos más interesantes de toda la Cappella Sansevero.

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El ciego que recupera la vista

Raimondo di Sangro fue una figura vinculada a la Masonería, y el programa iconográfico de la capilla contiene numerosos elementos relacionados con tradiciones iniciáticas. En El Desengaño, esta dimensión aparece especialmente vinculada al contraste entre oscuridad y luz. El hombre está atrapado y no ve con claridad; el intelecto aparece representado por la pequeña llama; el libro ofrece la enseñanza. Y el basamento de la escultura introduce otra imagen decisiva: Cristo devolviendo la vista a un ciego. El mensaje se vuelve entonces mucho más profundo. No se trata solamente de salir físicamente de una red, sino de aprender a ver.

En el pedestal aparece un bajorrelieve que representa a Jesús devolviendo la vista a un ciego, y no es una escena secundaria: el propio museo explica que este episodio refuerza el significado de la alegoría principal. El hombre de la escultura necesita liberarse de la red; el ciego necesita recuperar la visión. En ambos casos existe una transformación que va de la oscuridad hacia la luz. Junto al relieve aparece además la frase latina "Qui non vident videant" —que quienes no ven, vean—, y esa frase convierte la escena en algo más que un episodio bíblico. La visión física se transforma en una metáfora del conocimiento: ver significa comprender, y no ver significa permanecer atrapado en la ignorancia.

El Museo Cappella Sansevero interpreta el contraste entre luz y tinieblas, el episodio del ciego, la frase latina y los pasajes bíblicos grabados en el libro como una referencia clara a los rituales de iniciación masónica, en los que el iniciado entraba simbólicamente en un estado de oscuridad y después accedía a una nueva luz asociada con la verdad. La estructura de El Desengaño encaja con esa idea: primero la oscuridad, después la revelación, finalmente la liberación. Pero conviene evitar una simplificación: la obra no es solamente "una escultura masónica". Es una obra funeraria, familiar, religiosa, moral y filosófica al mismo tiempo, y la propia Cappella Sansevero advierte que el programa simbólico del conjunto es demasiado complejo como para reducirlo a una interpretación única. Esa complejidad forma parte precisamente de su atractivo.

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Una idea de Raimondo, tallada por Queirolo

Aunque Francesco Queirolo sea el escultor que convirtió esta idea en mármol, hay un personaje que no debemos perder de vista: Raimondo di Sangro. El Museo Cappella Sansevero afirma que El Desengaño fue una obra completamente inventada por el príncipe y totalmente nueva en su género, mientras que fuentes histórico-artísticas como Treccani señalan que Raimondo concibió el complejo programa iconográfico de la capilla. Queirolo fue, por tanto, el extraordinario ejecutor de una idea que formaba parte de un proyecto mucho mayor: la Cappella Sansevero no fue concebida como una simple colección de esculturas, sino como un conjunto donde las virtudes, los monumentos funerarios, las referencias religiosas y los símbolos vinculados al conocimiento forman parte de un programa en el que Raimondo quiso convertir la capilla familiar en algo parecido a un recorrido intelectual y espiritual. En ese contexto, El Desengaño ocupa un lugar especial, porque representa el momento en que el hombre consigue liberarse de aquello que lo dominaba.

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El verdadero tema de la escultura

Hay algo especialmente hermoso en que la escultura se llame El Desengaño: el hombre no está simplemente siendo salvado, está desengañándose. El mundo que lo rodeaba —representado por el globo— ya no tiene el mismo poder sobre él. La red que antes lo atrapaba comienza a desaparecer, el intelecto lo guía, el libro ofrece conocimiento, y el ciego del pedestal recuerda que existe una diferencia fundamental entre mirar y ver.

En ese sentido, el verdadero tema de la escultura no es la red. La red es solamente la imagen visible de algo mucho más abstracto: la posibilidad de que un ser humano reconozca sus propios errores y cambie. Eso conecta directamente con la historia de Antonio di Sangro, cuya vida había estado marcada, según la propia dedicatoria, por las pasiones de la juventud, pero que terminó buscando una vida diferente. Raimondo convirtió ese recorrido personal en una alegoría que podía aplicarse a cualquiera. Todos podemos quedar atrapados, todos podemos confundir deseo con libertad, y todos podemos necesitar, en algún momento, aprender a ver de otra manera.

Por eso El Desengaño funciona en dos niveles simultáneos. El primero es puramente visual: miramos la red y no entendemos cómo puede estar hecha de mármol, cómo la piedra parece transformarse en una materia blanda, flexible y casi transparente. El segundo nivel aparece cuando empezamos a comprender lo que estamos mirando: la red deja de ser una proeza técnica y se convierte en el pecado; el globo deja de ser un globo y se convierte en el mundo de las pasiones; la llama se convierte en el intelecto; el libro, en conocimiento y revelación; y el ciego, en la imagen de aquel que finalmente consigue ver. Todo está conectado, y quizá esa sea la razón por la que esta escultura produce una impresión tan poderosa: Queirolo no utilizó su virtuosismo solamente para demostrar que podía hacer que el mármol pareciera una red, sino para convertir una idea abstracta —la esclavitud del pecado y la posibilidad de liberarse mediante el conocimiento— en algo que podemos ver con nuestros propios ojos.

El hombre está atrapado. Pero ya ha comenzado a liberarse. Y quizá ahí esté el verdadero significado de El Desengaño: no en el momento en que descubrimos que estábamos equivocados, sino en el momento posterior, cuando finalmente conseguimos ver la red que nos tenía atrapados.

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LA OBRA

El Desengaño
Artista: Francesco Queirolo
1754
Capilla Sansevero
Sangro di Sansevero
Napoles, Italia